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La incidencia de la crisis sanitaria y social en la configuración de la psicopatología de la vida cotidiana

En el año 2002 escribimos un trabajo que hoy queremos recuperar por su valor simbólico, ya que se trata de nuestro primer escrito conjunto (en compañía de la licenciada Carola Bertona); y fundamentalmente porque nos convoca a ocuparnos y reflexionar acerca  de lo que emerge en el encuentro con nuestros pacientes: los síntomas que trabajamos con ellos y las problemáticas que cruzan las paredes del consultorio, o más bien el contorno de la pantalla desde la que atendemos, para instalarse en el centro del las cuestiones e inquietudes compartidas socialmente. Tal como en este mismo espacio de diálogo virtual venimos compartiendo reflexiones y experiencias sobre el tiempo, el insomnio y el miedo en tiempos de pandemia.

Aquel trabajo contiene preguntas que nunca dejaron de trabajar en nosotras, y que hoy cobran vigencia frente a este nuevo escenario en crisis. Una lectura psicoanalítica nos invita y hasta nos obliga a ubicarnos en las antípodas de una repetición. En ese sentido aún en medio de este desgarro social, sanitario y subjetivo ocurren multiplicidad de situaciones. Así a la par de personas que pueden recrear y transformar en enriquecimiento subjetivo este tiempo de duelo, crisis y pérdida; otras se debaten en el padecimiento, también subjetivo, de nuevos trastornos emocionales que profundizan los antecedentes clínicos. Algunos, no pocos, “ponen el cuerpo” como escenario  donde librar la batalla. 

En el escrito de aquel año planteamos que “frente al derrumbe de las instituciones como continente de los sujetos, y la ruptura de las tramas vinculares que lo sostienen y le dan sentidos de identidad, creemos que se produciría una importante modificación en el mundo pulsional de los sujetos…” a partir de allí su relación con la enfermedad orgánica y el propio cuerpo como plafón de fondo para el impacto pulsional. 

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde ese trabajo, no obstante sus ecos nos conmueven a compartirlo primero. Y segundo a intentar descomponer y resignificar a través de sus pliegues; caminos novedosos de sentido y relación subjetiva, política, clínica y social. 

Si tomamos por caso lo que vemos, escuchamos y vivimos por estos días, no sólo el cuerpo queda ubicado en el lugar de despliegue de la batalla pulsional. El miedo como emoción que invade y se convierte en terror, lleva siempre la etiqueta de “muerte” como si se tratara de una cuestión inocua en medio de tanta convulsión. Cómo si la muerte, que cae por su propio peso, necesitara de resonantes presentaciones. Y entonces la cuestión se desborda aún más cuando los vínculos más o menos cercanos se trastornan en peligrosos y por ende persecutorios. Dicha operación no ocurre sin la anuencia política y social.  Cómo dice Sebastián Bertucelli Se dice transmisión comunitaria, la comunidad transmite soluciones no enfermedades”. Y también se habla de distanciamiento social pero no de cercanía adecuada”. Podemos agregar sin mayores dificultades: “tenemos que volver a la normalidad”…si no morimos de coronavirus, vamos a morir de hambre o de otras enfermedades. Sin duda entre todos podríamos hacer un inventario con este tipo de coordenadas que organizan, hoy por hoy, nuestra cotidianeidad.  

Podemos tener en cuenta, a cambio, que cuando los baluartes simbólicos que nos instituyen caen;  el proceso de continuidad es una recomposición que asume la pérdida pero que siempre está abierto a lo nuevo con potencialidad de sentido propio.

Las palabras de Silvia Bleichmar resuenan: “Un ser humano no puede constituirse sin los componentes mortíferos que acompañan el surgimiento de la pulsión, pero tampoco instalarse socialmente sin morigerarlos” (2011). Sin ir mucho más lejos, por ahora, es parte del agua que fluye bajo el puente el reconocimiento de los efectos de la pulsión que desborda los recortes –puentes– que le dibujamos las personas a través del lazo social. Que por suerte…por naturaleza…por destinos de la pulsión (Freud);  y por contrato narcisístico (Aulagnier) siempre es restituible.

Ceci y Sole